Geraldina Guerra: del cuerpo al territorio, la lucha contra la violencia de género y ambiental en Ecuador

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Foto cortesía de Geraldina Guerra Garcés. 

En el 2022, Geraldina Guerra Garcés fue distinguida como una de las 100 mujeres más influyentes del mundo por la BBC. Su voz es reconocida como una de las más claras en la lucha contra el femicidio en Ecuador.

Geraldina preside la Fundación ALDEA, una organización que coordina un amplio esfuerzo por, entre otras acciones, mapear, recopilar información y prevenir el femicidio; pero, sobre todo, acompañar a las familias de las víctimas en la exigencia de justicia, reparación y garantías de no repetición. Cuando habla, lo hace con la gravedad que su compromiso exige.  

Ha trabajado en casas de acogida, servicios de atención a sobrevivientes de violencia y procesos participativos de fortalecimiento de mujeres, liderazgos y organizaciones. En ese camino de defensa de los derechos humanos y de las vidas de las mujeres, hoy incorpora también la defensa de la tierra como un cuerpo propio.

“Empecé a reflexionar sobre la vinculación entre violencia contra las mujeres y la violencia o degradación ambiental cuando viví en Saraguro hace treinta años”, dice Geraldina, “y hoy estoy más segura que nunca de que ese vínculo es absoluto”.

Saraguro es una comunidad indígena en la provincia de Loja, al sur del Ecuador, donde realizó un primer diagnóstico de situación de mujeres indígenas desde la perspectiva de género al inicio de su trayectoria profesional.

La experiencia en el campo y en la ciudad le permitió notar que “las mujeres repetían los mismos discursos, usaban las mismas palabras para describir lo que les pasaba, tanto en el campo como en la ciudad. La violencia nos atraviesa a todas las mujeres sin importar quién eres o dónde vives la sensación y los impactos son los mismos”.  

A partir de ahí, la reflexión se profundiza: ¿cómo se expresan los estereotipos de género en el campo y en la ciudad?, ¿se puede leer la división sexual del trabajo de la misma manera?

“Cuando los estudios de género plantean la división sexual del trabajo pienso en las diferencias entre lo rural y lo urbano y mi experiencia me permite ver que en el campo esa frontera es muy delgada: las mujeres cuidan (en el campo y en la ciudad), pero en el campo si yo tengo gallinas es para la alimentación y el cuidado de mi familia, pero también es para vender. En esta frontera porosa ¿cómo explicas esta división?”

Entonces, más allá de la división teórica, las mujeres en el campo se ocupan de roles productivos y reproductivos; hay un sentido más amplio del quehacer diario: el de los cuidados, hacia la familia, los animales y la tierra. El propósito es sostener la vida, social, económica y ambiental, porque una mujer que lanza semillas en una tierra violentada, degradada y erosionada tendrá que buscar otras formas, no siempre seguras, de sostenerla.

“La Fundación Aldea desarrolló un proyecto llamado Atlas de las Mujeres Rurales en Ecuador y, en ese proceso, pudimos escuchar a las mujeres reflexionar, básicamente, sobre cómo realizan las tareas de cuidado y entender que, si el río está contaminado, no es posible regar el huerto, lavar la ropa o usar el agua para cocinar. Esa reflexión a mí me ha dado la claridad de que no se puede hablar de mujeres libres de violencia y de derechos a la vida libre de violencia si no hablas del derecho a la no contaminación ambiental; ambos están profundamente vinculados”, dice Geraldina.

El estudio Vínculos entre la violencia de género y el medio ambiente: la violencia de la desigualdad, de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), establece que estos patrones de abuso basado en el género también se observan en contextos ambientales, afectando la seguridad y el bienestar de las naciones, las comunidades y las personas. “La violencia de género se utiliza como una forma de control socioeconómico para mantener o promover dinámicas de poder desiguales y de género en todos los sectores y contextos, incluido en relación con la propiedad, el acceso, el uso y los beneficios derivados de los recursos naturales” (UICN, 2020).

“Con la implementación de los proyectos entras a un lugar donde ves que el entorno natural está protegido; hay una mayor conciencia del valor de la vida, incluso la de las mujeres y las niñas; cuando llegas a una comunidad y observas que está cuidada, no quiere decir que no haya violencia; quiere decir que puedes buscar apoyo. Una comunidad cuidada es una comunidad que cuida”.

Adriana Guzmán explica muy bien la lógica que puede estar detrás de la sobreexplotación de los recursos y de los cuerpos-agua: los cuerpos de las mujeres son los primeros territorios que aprendemos a explotar. Desde que somos niñas y niños, exigimos a las mujeres a nuestro alrededor: hasta el cansancio, los alimentos, los cuidados y la atención; en la adultez, a las mujeres se nos exige igual, hasta el límite. Se sobreexplotan sus cuerpos, sus manos y su tiempo.  

Esta misma lógica se reproduce con la Tierra, concebida también como un cuerpo feminizado: no hay límites; extraemos de ella todo. Le imponemos químicos, extraemos minerales y destruimos fuentes de agua, porque así hemos aprendido a tratar los cuerpos de las mujeres.  

Geraldina reflexiona sobre las mujeres, sus conocimientos y la forma en que sus voces expresan lo que sus manos experimentan cada día: el color del río, el olor de la tierra, las semillas que germinan, pero también los signos de deterioro, como el olor del río que arrastra contaminantes o las semillas que no prosperan en suelos grises y degradados. Las mujeres conocen la tierra que habitan con la misma profundidad con que conocen sus propios cuerpos y territorios, desde una relación cotidiana que integra saberes, cuidado y observación constante del entorno. 

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Encuentro Regional RRI, Chocó Andino, 2024. Foto cortesía de Geraldina Guerra Garcés. 

Geraldina forma parte del grupo dinamizador de la Red de Mujeres y Diversidades del Chocó Andino, en el territorio del Bosque Modelo Chocó Andino, ubicado en el noroccidente de Pichincha. Este ecosistema, que abarca desde los 4.480 a los 360 metros de altitud sobre el nivel del mar, es uno de los principales puntos calientes de biodiversidad del país y del mundo, y alberga a más de 116 mil personas, así como a 270 especies de mamíferos, 210 de reptiles, 200 especies de aves y 130 de anfibios.

El Bosque Modelo Chocó Andino se encuentra a dos horas de la ciudad de Quito. En este territorio, lideresas de distintas parroquias se articulan para conocer y defender su entorno frente a la violencia extractiva y aquella vinculada a la delincuencia organizada. De manera paralela, impulsan procesos para hacer frente a las violencias que afectan sus vidas, incluidas las violencias física, sexual y simbólica, y promueven un enfoque integral que vincula la sostenibilidad ambiental con la sostenibilidad de la vida. 

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Foto cortesía de Geraldina Guerra Garcés. 

En este contexto, la experiencia de Geraldina Guerra se articula también con su trabajo desde la sociedad civil. La Fundación Aldea desarrolló la plataforma Flores en el Aire en el marco de la Iniciativa Spotlight en Ecuador, y Geraldina ha formado parte del grupo asesor de la sociedad civil para la oficina de ONU Mujeres en el país, contribuyendo a posicionar la erradicación de la violencia contra las mujeres como un eje central del desarrollo sostenible y a fortalecer redes y respuestas comunitarias frente a estas violencias. 


Nota: Estas publicaciones buscan estimular un debate propositivo en torno a los principales temas de interés para el avance de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en América Latina y el Caribe. Los conceptos expresados por las personas entrevistadas para la producción de nuestros contenidos editoriales no reflejan necesariamente la posición oficial de ONU Mujeres y agencias del Sistema de Naciones Unidas.