En Maraxcó, las mujeres cultivan resiliencia
Alila Mateo, desde la zona de Guatemala más golpeada por el cambio en los patrones climáticos, nos enseña que el conocimiento, la organización y las alianzas hacen la diferencia.
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Alila Mateo vive en la comunidad de Maraxcó, en el departamento de Chiquimula, en pleno Corredor Seco centroamericano; una franja semiárida particularmente expuesta a los efectos del cambio climático. En Guatemala, esta región abarca decenas de municipios en los que la escasez de agua, las sequías prolongadas y la degradación ambiental afectan directamente los medios de vida de miles de familias, especialmente las que dependen de la agricultura de subsistencia.
En este contexto, las mujeres enfrentan barreras persistentes para acceder a recursos, oportunidades económicas y espacios de toma de decisiones. Pese a estas brechas, su trabajo ha sido clave para garantizar la seguridad alimentaria de su hogar mediante la participación activa en iniciativas comunitarias que le permitan adaptarse a las condiciones climáticas cada vez más adversas.
Alila Mateo conoce de primera mano esta realidad. Durante años, la disponibilidad de alimentos frescos en su comunidad dependía casi exclusivamente de las temporadas de lluvia. Cuando estas disminuían, muchas familias reducían su acceso a verduras y hortalizas, lo que afectaba tanto su alimentación como su economía.
Alila Mateo, participante del huerto comunitario. Chiquimula, Guatemala. Foto: ONU Mujeres / Manuel Morales
Hoy, la situación es diferente. Junto a otras 160 mujeres de Maraxcó, Alila participa en un huerto comunitario impulsado con el acompañamiento de ONU Mujeres, en el marco del proyecto MELYT, apoyado por la Cooperación Italiana y desarrollado junto a organizaciones e instituciones socias como AGEXPORT y CONORI. A través de procesos de capacitación y fortalecimiento organizativo, las participantes han desarrollado conocimientos y habilidades para el manejo de huertos y la implementación de prácticas agrícolas adaptadas a las condiciones climáticas de la región. Estos aprendizajes han contribuido a fortalecer su empoderamiento económico, generando beneficios sostenibles a corto, mediano y largo plazo para ellas, sus familias y sus comunidades.
Alila Mateo, participante del huerto comunitario junto a funcionaria de ONU Mujeres. Chiquimula, Guatemala. Foto: ONU Mujeres/ Oscar Leiva.
En parcelas comunitarias y huertos familiares, las mujeres producen hierbamora, cilantro, chipilín, tomate, chile dulce, cebollín, lechuga y otros cultivos que complementan la alimentación y la economía de sus hogares. Algunas incluso han encontrado formas innovadoras de cultivar en espacios reducidos, utilizando recipientes reutilizados cuando no cuentan con terreno disponible.
Más allá de la producción de alimentos, estas prácticas constituyen una estrategia concreta de adaptación climática. El cultivo diversificado permite reducir la dependencia de los ciclos estacionales y fortalece la capacidad de las familias para enfrentar períodos de sequía o de escasez. Al mismo tiempo, el uso de métodos agroecológicos contribuye a la protección del suelo, a la salud de las personas y a la conservación del medio ambiente.
Para las mujeres, la tierra representa una fuente fundamental de autonomía, sustento y oportunidades. Alila explica que, a través de las capacitaciones, aprendieron a desinfectar el suelo de forma natural y proteger sus cultivos sin recurrir a productos químicos. Estas prácticas no solo favorecen una producción más sostenible, sino que también fortalecen el vínculo entre la gestión responsable de los recursos naturales y su aprovechamiento biológico.
Los resultados han tenido un impacto directo en la economía y salud de la comunidad. Lo que comenzó como una estrategia para garantizar alimentos frescos también se convirtió en una fuente de ingresos complementaria. El grupo de mujeres organiza la cosecha y comercializa sus productos en escuelas de comunidades cercanas, respondiendo a la demanda de alimentación escolar.
Los ingresos generados han permitido a muchas participantes iniciar procesos de ahorro que antes les resultaban inalcanzables. En Maraxcó, las mujeres han fortalecido prácticas de ahorro comunitario que les permiten planificar gastos familiares, invertir en emprendimientos y contar con más herramientas para enfrentar situaciones imprevistas, una oportunidad que no existía antes.
Para Alila, uno de los cambios más significativos ha sido el fortalecimiento de la autonomía económica y la confianza en las capacidades de las mujeres. Las capacitaciones recibidas no solo abordaron aspectos productivos, sino también temas de liderazgo, organización comunitaria y derechos.
Alila Mateo, participante del huerto comunitario. Chiquimula, Guatemala. Foto: ONU Mujeres/ Oscar Leiva.
Con el tiempo, la participación de las mujeres en los huertos y en otras iniciativas productivas ha contribuido a transformar las percepciones en la comunidad. Su aporte a la generación de ingresos ha ampliado los espacios de participación en la toma de decisiones.
La experiencia de Maraxcó demuestra que la resiliencia en entornos desfavorables no se construye únicamente mediante infraestructura o tecnología. También surge del fortalecimiento de las capacidades locales, de la organización comunitaria y del reconocimiento del liderazgo de las mujeres como actoras fundamentales del desarrollo sostenible.
A través del acompañamiento de ONU Mujeres y de iniciativas como el proyecto MELYT, se contribuye a que más mujeres accedan a oportunidades que fortalezcan su autonomía económica y su capacidad para responder a los desafíos del cambio climático. Su experiencia confirma que avanzar hacia el desarrollo sostenible requiere reconocer y fortalecer la agencia de las mujeres para promover la transformación de sus territorios.