Mujeres rurales lideran innovación agroecológica frente al cambio climático en el Corredor Seco Centroamericano
La experiencia de Doris Ramos muestra cómo la agricultura agroecológica, el ahorro comunitario y la organización de mujeres rurales pueden generar alimentos, ingresos y nuevas inversiones en territorios afectados por el cambio climático.
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Doris Maribel Ramos, de 33 años, es una lideresa al frente de una organización de mujeres del Caserío El Llano, Cantón Belén Güijat, municipio de Metapán, El Salvador. Foto: ONU Mujeres / Oscar Leiva.
En el Corredor Seco Centroamericano, producir alimentos exige adaptarse a condiciones cada vez más difíciles. La variabilidad de las lluvias, la degradación del suelo, la escasez de agua y el aumento de los costos de los alimentos hacen que la agricultura familiar requiera nuevas respuestas. En la región del Trifinio, donde gran parte de la población vive en zonas rurales y depende de la agricultura, estas condiciones afectan directamente la alimentación, los ingresos y las oportunidades de las familias.
En ese contexto, la agricultura agroecológica se ha consolidado como una alternativa para producir de forma más sostenible, cuidar el suelo y aprovechar mejor los recursos disponibles. No se trata solo de sembrar hortalizas, sino de recuperar la fertilidad de la tierra, reducir la dependencia de insumos químicos, diversificar la alimentación familiar y abrir nuevas oportunidades económicas para las mujeres rurales.
Doris Maribel Ramos de Martínez lo explica desde su propia experiencia. En su comunidad, en Metapán, las mujeres han pasado de cultivar una huerta comunitaria a replicar huertos familiares y producir sus propios insumos agroecológicos. Lo que empezó como una práctica para mejorar la alimentación se ha transformado también en una oportunidad para generar ingresos y fortalecer la organización comunitaria.
“Antes solo comíamos arroz, frijoles, queso y crema, y ahora ya le agregamos lechuga, rábano, y pepino”, cuenta Doris. “Ya podemos decir que tenemos una alimentación más saludable y más nutritiva”.
Andrea Campos, técnica territorial del programa MELYT, junto a Doris Maribel Ramos de Martínez, en una de las parcelas de hortalizas establecidas con el apoyo de ONU Mujeres y la Cooperación Italiana. La iniciativa replicó una experiencia de huertos comunitarios impulsada por mujeres organizadas en el caserío El Llano, cantón Belén Güijat, municipio de Metapán, El Salvador. Foto: ONU Mujeres / Oscar Leiva.
Agricultura que responde al territorio
La experiencia de Doris parte de una realidad concreta: en muchas comunidades rurales, el acceso a alimentos frescos no siempre es fácil ni estable. Cuando las verduras escasean o suben de precio, contar con una huerta cerca de casa puede marcar la diferencia en la alimentación diaria.
En la huerta comunitaria trabajan 13 mujeres. Allí cultivan cilantro, rábano, hierbabuena, lechuga, cebollín, tomate, chile verde y otras hortalizas. Luego, cada una ha replicado lo aprendido en espacios productivos propios, con parcelas adaptadas al terreno y a la disponibilidad de agua.
Este proceso se ha desarrollado en coordinación con la Comisión Trinacional del Plan Trifinio, organismo regional que promueve la gestión ambiental y territorial en las zonas fronterizas de El Salvador, Guatemala y Honduras. En ese marco, la articulación con el Instituto Italo-Latinoamericano (IILA) permitió vincular a lideresas de la Red HOSAGUA con iniciativas de producción agroecológica adaptadas al territorio.
Así, el conocimiento no se queda en una parcela demostrativa, sino que se multiplica en los hogares y en la comunidad. La producción se destina al autoconsumo, pero también permite vender excedentes, ahorrar e invertir nuevamente.
Doris destaca que las hortalizas se producen con prácticas agroecológicas. Aunque no cuentan con certificación orgánica, no utilizan químicos y elaboran sus propios insumos a partir de estiércol y microorganismos de montaña.
“Lo más importante es el conocimiento que estamos adquiriendo”, dice. “Tenemos un producto sano, libre de químicos”.
Doris Maribel Ramos, junto a Anderson Antonio Martínez, Guillermo Antonio Martínez y José Benito Martínez, en su hogar en la comunidad El Llano, municipio de Metapán, El Salvador, en la zona del Trifinio. Foto: ONU Mujeres / Oscar Leiva.
Del alimento al ingreso
El cambio en la producción también ha transformado la mesa familiar. Doris cuenta que ahora consumen más verduras frescas y que los ingresos adicionales permiten mejorar su alimentación.
“Ahora comemos diferente, porque hay un ingreso extra con el que podemos contribuir al sustento familiar”, expresa. “Ya podemos comprar pollo y diversificar nuestra alimentación”.
Esta relación entre producción, ingresos y alimentación es clave. La huerta no solo mejora el acceso a alimentos frescos, sino que también permite a las mujeres generar ingresos propios, y tomar decisiones sobre su uso.
En el caso de Doris y sus compañeras, parte de las ganancias se integra a un grupo de ahorro. Ese mecanismo permite otorgar préstamos entre las integrantes, atender necesidades familiares e impulsar nuevas inversiones productivas.
La agricultura agroecológica se convierte así en una puerta de entrada a procesos más amplios: producir, vender, ahorrar, decidir e invertir.
Mar Martín Manzano, de ONU Mujeres, junto a Doris Ramos frente a un reservorio construido con el apoyo de organizaciones locales y socios de cooperación en Metapán, El Salvador. Foto: ONU Mujeres / Oscar Leiva.
La biofábrica: un paso en la cadena de valor
Uno de los elementos más relevantes es la biofábrica San Andrés El Llano, donde Doris produce abono orgánico e insumos agroecológicos. Aunque no forma parte directa del programa MELYT, refleja los efectos del fortalecimiento organizativo: cuando las mujeres están organizadas, pueden atraer inversiones y generar nuevas oportunidades.
La biofábrica surgió con capital semilla y el apoyo de otras organizaciones. Allí elaboran abono tipo bocashi y productos a base de microorganismos de montaña, utilizados en las huertas para mejorar la producción.
“Ahí elaboramos abono tipo bocashi. Ya tenemos una marca familiar: Biofábrica San Andrés del Llano”, explica Doris.
Este espacio representa un paso importante: las mujeres no solo producen alimentos, sino también los insumos necesarios para producirlos. Esto abre nuevas posibilidades económicas, al convertir el conocimiento en un producto y en una potencial línea de negocio.
Detalles de un cultivo de rábano establecido en una parcela personal de Doris Maribel Ramos, de 33 años, quien explica que todo empezó siendo un huerto comunitario pero que Melyt apoyó a las mujeres organizadas a replicarlos en sus hogares favoreciendo la seguridad alimentaria y sus emprendimientos. Foto: ONU Mujeres / Oscar Leiva.
Organización que genera oportunidades
Doris insiste en que estos avances no serían posibles de manera individual. La Red HOSAGUA, los grupos de ahorro y las alianzas institucionales han sido clave. En este proceso, la articulación entre ONU Mujeres, el Instituto Italo-Latinoamericano (IILA) y otras iniciativas ha fortalecido las capacidades organizativas y productivas en el territorio.
“Al estar organizadas podemos obtener más beneficios, atraer donantes y vincularnos con actores interesados en invertir”, señala.
El fortalecimiento organizativo no es solo acompañamiento comunitario, sino una condición para acceder a recursos, gestionar proyectos y sostener iniciativas a largo plazo.
En la práctica, esto se traduce en un proceso encadenado: la huerta comunitaria se replica en los hogares; los excedentes alimentan el ahorro; el ahorro fortalece la confianza; y esta, a su vez, facilita nuevas inversiones, como biofábricas o producción de plantines.
Mujeres rurales como innovadoras
La experiencia de Doris redefine la innovación. En contextos rurales afectados por el cambio climático, innovar no siempre implica tecnologías complejas, sino soluciones prácticas: producir abonos, recuperar suelos, diversificar cultivos y organizar la producción.
En su comunidad, muchas personas pensaban que ciertas hortalizas no podían cultivarse sin químicos. Hoy producen tomate, chile dulce, chile jalapeño y pepino con prácticas agroecológicas, e incluso reciben visitas de otras comunidades interesadas en aprender.
La experiencia también resalta el valor de las alianzas territoriales. La articulación entre organizaciones ha permitido ampliar oportunidades y escalar procesos productivos adaptados al contexto local. En el Corredor Seco, las mujeres rurales están demostrando que la organización puede traducirse en alimento, ingresos e innovación.
La experiencia de Doris Ramos muestra cómo el programa MELYT, financiado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación Internacional de Italia a través de la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, impulsa transformaciones que van más allá de intervenciones puntuales. Al fortalecer la organización, el ahorro comunitario y las capacidades productivas de las mujeres rurales, contribuye a cerrar brechas y a crear condiciones sostenibles para el desarrollo local. Este enfoque no solo mejora los medios de vida, sino que posiciona a las mujeres como protagonistas de la acción climática, la seguridad alimentaria y la dinamización económica en sus territorios. Apostar por estos procesos significa invertir en soluciones lideradas por mujeres, con potencial de escalar, replicarse y generar impactos duraderos en el Corredor Seco Centroamericano.
| Estas publicaciones buscan estimular un debate propositivo en torno a los principales temas de interés para el avance de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en América Latina y el Caribe. Los conceptos expresados por las personas entrevistadas para la producción de nuestros contenidos editoriales no reflejan necesariamente la posición oficial de ONU Mujeres y agencias del Sistema de Naciones Unidas. |