Desde mi perspectiva: "Las mujeres se convierten en migrantes porque no pueden encontrar trabajo en sus países, por lo que los gobiernos deben pensar en su reintegración económica".

Alejandra Mónica Quijua Tintaya es una boliviana de 34 años que envasaba frutas en Santiago de Chile desde enero de 2020. Ella, junto con otros trabajadores migrantes, perdió su trabajo cuando los casos de COVID-19 aumentaron en América Latina. Su viaje de regreso a Bolivia ilustra las crecientes dificultades a las que se enfrentan los trabajadores migrantes durante la pandemia mundial, pero también la importancia de los grupos liderados por mujeres para proteger sus derechos.

Fecha: viernes, 7 de agosto de 2020

Alejandra Mónica Quijua Tintaya. Photo courtesy of Mónica Quijua
Alejandra Mónica Quijua Tintaya. Foto cortesía de Mónica Quijuat.

icon Dejé Bolivia con mi hermana menor para buscar trabajo en Santiago de Chile. Rápidamente, encontramos trabajo empacando fruta en cajas con otras mujeres migrantes de Cuba, Haití, Colombia y Venezuela. Pero en marzo, dos meses después de que llegamos, todas las personas fueron despedidas y se les pidió que regresaran a sus países debido a los crecientes casos de COVID-19.

Ese fue el comienzo de una pesadilla de 25 días.

Estuvimos en la carretera por dos días. Cuando llegamos a la frontera, no nos dejaron entrar porque en ese momento Bolivia había cerrado sus fronteras para evitar la propagación del virus. Así, durante diez días, yo, junto con otras 500 personas, viví en las calles del municipio de Wara en Chile. Dentro del grupo de migrantes había mujeres, niñas y niños, personas con discapacidad y personas mayores.

Decidimos organizarnos para poder volver a nuestros países e iniciar una comunicación [campaña] en las redes sociales, en los medios de comunicación... Nos pusimos en contacto con la Asamblea de Derechos Humanos y las Naciones Unidas. Finalmente, después de 10 días, el gobierno nos permitió entrar en Bolivia, donde nos pusieron en cuarentena durante 14 días en el campamento Tata Santiago, en el municipio de Pisiga.

El campamento estaba superpoblado, no había suficiente comida y hacía frío. Las niñas y los niños lloraban de hambre; mujeres embarazadas estaban en riesgo de abortos debido a la mala comida.

Luego, un equipo de las Naciones Unidas (ACNUDH, PMA, ONU Mujeres, OIM) trajo alimentos, kits de higiene personal, mantas, medicinas, agua embotellada y juegos para los niños. Nos proporcionaron asesoramiento técnico y nos dieron donaciones que nos salvaron la vida.

Con el apoyo de ONU Mujeres, nosotras nos organizamos y formamos un Comité para proteger a todas y todos los miembros del campamento, incluso contamos con un equipo para la prevención y denuncia de la violencia contra las mujeres, niñas y niños. En los campamentos, las necesidades de las mujeres, niñas y niños, las personas con discapacidad y las mujeres embarazadas generalmente no se priorizaban. Es por eso que la presencia de la mujer en el Comité fue fundamental; aseguramos el bienestar de los más vulnerables.

Las mujeres se convierten en migrantes porque no pueden encontrar trabajo en sus países, por lo que los gobiernos deben pensar en su reintegración económica. Deben asegurarse de que a las mujeres se les pague igual que a los hombres y de que se respeten sus derechos laborales".

 


ODS 8: Trabajo decente y crecimiento económico
 

Alejandra Mónica Quijua Tintaya está luchando para llegar a fin de mes en su casa en Bolivia después de perder su trabajo en Chile debido al brote COVID-19. Durante una entrevista con ONU Mujeres, destacó las necesidades económicas y las prioridades de las mujeres migrantes, incluyendo asegurar un salario mínimo a las madres solteras que han perdido su empleo, y la inversión en mujeres indígenas, mujeres con discapacidad y mujeres afrodescendientes de Bolivia que se encuentran entre las más vulnerables. Para obtener más información sobre la recuperación económica con perspectiva de género de COVID-19, véase los nuevos informes de política de ONU Mujeres.